El jueves por la noche salimos de Bielgorod en coche con Guiana, nuestro conductor, camino a Odesa, por una carretera (?) helada, por la que no se podía circular a más de 50 km/h y eso en los mejores tramos. Es una carretera muy transitada por camiones, en algunas zonas estaban parados por el hielo. El camino me recordó a un viaje a Kenia y Tanzania que hicimos hace ya años. Entonces vimos que los coches muchas veces se salían de la carretera porque las cunetas estaban mejor que la propia carretera. Pues aquí, algo parecido.
El tren nocturno Odesa-Kiev no era como el Kiev-Odesa, no se muy bien por qué. En este caso, no dio lugar a la sorpresa agradable, no, no. Tren viejo, incómodo, sucio, de mantas apolilladas y lavabos con más olores que Concha Velasco sin la Tena-Lady. Lo normal, vamos. El caso es que a pesar de eso, dormimos algo más que en el trayecto anterior, lo que hace el tener ya a Coletitas fichada, reconocida y controlada.

Llegada a Kiev a las 8:30, entrada en el apartamento –curiosamente, en el mismo edificio que el último en el que estuvimos en el viaje de Alberto-, ducha rápida y gestiones con el consulado. Recibo llamadas de Luis, otro padre adoptante –la única familia española que queda por aquí, aunque ellos no han encontrado todavía a su hijo- dándome noticias: no hace falta traducir los penales, una complicación menos. Duchados, arreglados y sin desayunar nos vamos para el consulado; Leysa se equivoca y nos lleva a la Embajada en el taxi. Tenemos que caminar durante 15 minutos por el hielo de Kiev, arreglaíllos (para dar buena imagen ante el cónsul) y menos abrigados que de costumbre. Entramos por fin en el consulado de España, con ese aire de seguridad que te da el que te espera el jefe. No es esa puerta, por la de al lado. Joder que mañana llevamos. Para rematar, me escurro por el agua y el hielo que hacen de cada escalera un tobogán y bajo dando culadas un tramo de veinte peldaños que acaba con mi dignidad dolorida y Alberto llorando del susto. Se me acaban los aires de hola soy uña y carne con el cónsul para aterrizar en la cruda, dura y helada realidad.
Por fin llegamos al sitio bueno. Maru dice que la recepcionista es clavada a Elena, la traductora del Departamento. Leysa y ella se acercan a preguntar y, efectivamente, se parece: es su hermana. Damos recuerdos y besos de Alberto. Llega la asistente del cónsul, muy mona, muy ceñida, muy entaconada y muy consciente de su propia melena, guas, guas. Me pide los penales y que ya resuelve ella. Ah, pues vale. Desaparece con los penales y yo me quedo con la palabra en la boca. Quería hablar con el cónsul para comentarle algunas cosas y preguntarle por la solución para el resto de españoles, que es lo que más me preocupa. Al rato baja la asistente, seria y me dice que el cónsul quiere verme. Subo a verle a su despacho. El cónsul es joven –insultantemente joven, como le digo, algo más tarde, en plan adulador- y brillante. Nos entendemos bien, buscamos soluciones comunes y formas de ayudarnos. Tiene futuro.
Salimos de allí camino al apartamento, donde volvemos con ganas de desayunar o comer (son las 12:00) o dormir, o algo que sirva para reponer fuerzas y descansar a nuestros maltrechos cuerpos. Alberto se duerme en el taxi, está muerto y nosotros también, pero el problema está en vías de solución, muy probablemente el lunes estará todo hecho y podremos volver a Bielgorod a por nuestra princesa.
Esa misma tarde nos lanzamos nosotros solos a la búsqueda de comida para el celiaco. Buscamos en Internet y le decimos a Leysa que nos pida un taxi. El sitio está lejos, el taxista nos lleva a las afueras, de noche, en medio del tremendo atasco que se forma los viernes por la tarde en todo el mundo cristiano. Por fin llegamos a un barrio impersonal, en medio de ninguna parte, con el taxi derrapando por el hielo. Nos dice, señalando vagamente a los alrededores que es ahí. Ahí no hay nada parecido a una tienda. Salimos los tres bajo una intensa nevada a buscar la tienda de los dichosos productos sin gluten. No hay nada parecido; entramos a preguntar a un sitio que tiene un cartel oficial. Es una comisaría de policía. Nos dan explicaciones que no entendemos mientras nos vamos agobiando porque llegan las 5 de la tarde, hora en que cierran las tiendas.
Salimos de allí y le decimos al taxista que ahí no es. Nos montamos en el viejo Hyunday que, a duras penas y en medio de la atronadora música de su estridente radio, patina fatigosamente para sacarnos de allí. Insistimos al taxista y él pregunta a un policía de uniforme que se está tomando una cerveza a gollete en un kiosko de la calle, en medio de una nevada que paralizaría Madrid durante un par de días. Nos vuelve a dejar en medio de ninguna parte, una manzana más allá, ya noche cerrada. Maru se desespera. Me bajo del taxi y me pongo a recorrer al barrio corriendo, buscando la maldita tienda. Al poco rato veo una puerta con un cartel de la tienda que estamos buscando. ¡Por fín! Entro y es una especie de vetusta oficina llena de gente, pero en el fondo veo productos de las marcas que consume Alberto. Me vuelvo corriendo al taxi a por la familia y el taxista nos acerca a la tienda. Una vez dentro, nos juramentamos sin mirarnos, a lo Olivia de Havilland y nos decimos calladamente que a Dios ponemos por testigo de que nuestro hijo nunca más volverá a pasar hambre (esa misma mañana había acabado con la última de sus galletas que Maru le había ido dosificando) y arramplamos con media tienda, mientras la tendera hace volatines y piruetas, apuntando en su bloc mientras señalamos póngame de estoydeestoydeestotambién. Volvemos en el taxi exhaustos pero tranquilos: salga el sol por donde quiera, pero Alberto tiene su comida.

El día siguiente es de tiendas. Cristina necesita ropa y Maru necesita ir de compras para sacudirse la mugre de Bielgorod y la tensión de estos días, así que Alberto y yo hacemos de asistentes de compras sujetando bolsas, trayendo tallas, aconsejando sin decidir sobre tal modelo o cual color de una ropa que no es para nosotros, aunque al final del día también nos cae algo. A mitad del día hacemos un descanso y llevamos a Alberto a un parque, cercano al apartamento, donde llevamos a nuestro hijo a jugar por primera vez en Kiev.

Bajo el intenso frío de una mañana soleada pero gélida (-10 grados), Alberto disfruta, merecidamente, de un rato de diversión en los mismos columpios donde hace casi tres años, el mismo niño pero completamente distinto al actual es admirado con el mismo arrobo por sus padres, que se preguntan que han hecho para merecer un hijo así. Bueno, unos minutos antes, mientras Alberto se portaba como un diablo en un exorcismo en la vigésima tienda de ropa, se preguntaban lo mismo pero con distinto sentido. Maru se hace con ropa, calzado, coleteros, pasadores, y demás complementos imprescindibles para “españolizar” a Cristina. Todo tiene una uniformidad monocromática tan acusada que delata las ganas que tenía Maru de comprar ropa de hija propia: todo es rosa o mezclado con rosa.
Cuando por fin llegamos al apartamento por la tarde volvemos molidos pero felices. Tener dos habitaciones, cocina y comida saludable hacen maravillas en la convivencia. Poder dormir sin un perro que te despierte sobresaltado en mitad de la noche también. Parece mentira, pero nos sentimos cómodos en Kiev. Nos es familiar, sabemos donde encontrar las cosas, no se, comida para Alberto, chocolate y pizza para levantar el ánimo, tarjetas de teléfono, Internet, la comunicación es algo más fácil que en Bielgorod. Hasta nos encontramos con españoles –en este caso, un diplomático de la embajada y su familia, que también van a un italiano a comer algo reconocible- con los que hacemos buenas migas nada más vernos, esas cosas que sólo suceden cuando estás muy lejos de tu casa y ese que tienes enfrente, al que no has visto en tu vida, tiene más cosas en común contigo que el millón de personas que te rodea. Tanto, que hasta tenemos amigos comunes, aunque como dice Maru, eso me pasa más o menos con la mitad de España.
El domingo por la mañana vamos a Misa. Hemos encontrado por internet que hay una parroquia no lejos de nuestro apartamento donde una vez a la semana celebran en español. Pedimos un taxi y allí que vamos, pidiendo a Dios que la información sea cierta y que podamos encontrarnos con Él. Y así es. Nada más llegar y consultar los horarios en la puerta, una chica nos oye hablar en español y nos pregunta si vamos a Misa. Le respondemos que si y nos dirige a una especie de cripta, donde celebra un sacerdote argentino, Tomás, más majo que las pesetas, que se dedica a jugar un rato con Alberto antes de comenzar con la ceremonia. La gente llega y se saluda, todos nos saludan cariñosamente. Se ve que son una comunidad, aunque de lo más variopìnta. Nos vamos presentando a todos y hay de todo el mundo hispano: peruanos, dominicanos, guineanos, ¡hasta unas monjas de Madrid que viven en una casa donde hacen una extraordinaria labor con niños! Más buenas que el pan, son cariñosísimas con Alberto y le animan a que ayude a preparar los ornamentos, vasos y paños del altar con el sacristán, un moreno de Guinea con pinta de seminarista.
Me ofrecen leer la primera lectura y acepto de buen grado. El ambiente es de comunión, de confianza, de fe. La celebración es sencilla y nos tenemos que empeñar para que Alberto deje a los demás participar con tranquilidad, porque a estas alturas del viaje, con tanto ponte gorro, guantes, bufanda y abrigo, quítate gorro, guantes, bufanda y abrigo, estate quieto, no grites, no corras, móntate en un taxi, en un coche, en un tren duerme hoy aquí y mañana allá, vente de tiendas, camina por esta ciudad helada como si fueras mayor… Alberto está ya que le vida se le sale por los poros y la energía que le desborda es capaz de fundir una central nuclear.

Nos despedimos de todo el mundo y me prometo que, a la vuelta, voy a ver a las monjas y les regalo el ejemplar del libro de Pablo que nos acompaña, como un talismán (lo que él se reiría de esto, pero bueno), desde el inicio del viaje. Salimos a los -13 grados para que Alberto camine un poco, tome su comida de media mañana mientras hacemos planes para los próximos días, esperamos que el problema del certificado se resuelva mañana y si todo va bien, podamos regresar a Bielgorod el mismo día o el martes como muy tarde.
La verdad es que hemos llevado muy bien no ver a Cristina; sólo he visto a Maru un momento de bajón, unas lágrimas disimuladas para que Alberto no se preocupara, en un momento de cansancio. Nada más. El resto son recuerdos alegres, unas ganas tremendas –que me hacen segregar saliva, no digo más- de verla, apretujarla, mordisquearla y besuquearla, todo a la vez, y, sobre todo, el ansia por acabar con esto, llevarla a nuestra casa, darle una vida de normalidad, cariño, cuidados, comidas, estímulo, amor… Ya nos vemos con ella en casa, en el coche, sentada en su sillita, en la habitación de juegos, en la bañera, compartiendo todo y peleándose por todo con su hermano. Ya hacemos planes sobre como organizar la vida, los horarios, las comidas. Sabemos que, como Alberto, requerirá mucha rutina, tranquilidad, tiempo de estar los cuatro juntos para crear el vínculo que ahora no sólo es con nosotros sino también con su hermano.
En fin, ya nos vemos como una familia aunque ahora mismo ella esté a 600 km y duerma bajo un techo que no es el nuestro, cuidada por unas manos que no son las nuestras y alimentada por una comida que no es la que comemos nosotros. Nos vemos una familia de cuatro, como teníamos que ser, como queríamos ser. Hoy, en broma, le he comentado a Maru que dentro de poco veníamos a por el tercero. La respuesta no es apta para menores. Casi ni para mayores. Parece que con dos adopciones tenemos bastante para nuestra salud; creo que por eso piden tanto certificado médico, no para saber si vas a durarle mucho tiempo a tu hijo, sino para saber si nos vas a morir de un infarto en pleno proceso.
Damos gracias a Dios porque todo se vaya encarrilando y que poco a poco nos vayamos acercando a la casilla final de esta Oca Ucraniana donde, en medio de la partida y por un golpe de mala suerte te encuentras en la casilla de salida otra vez, en la “cárcel” pendiente de que Interpol te saque de ahí o sin jugar dos tiradas hasta que un compañero te saque del pozo.
Gracias por estar ahí, vuestros comentarios –algunos, por Dios, más que exagerados, como nos los creamos nos vamos a volver gilipollas- nos animan cada día y nos hacen sentirnos cuidados y queridos a tanta distancia. Gracias.
Besos y abrazos
Cacha
Ayer tuve una experiencia religiosa; decidimos ir a comprar el mini-ajuar de nuestra mini-hija y según entré en el Zara que hay en la avenida principal sentí una fuerza centrífuga que me catapultaba hacia la sección dominada por tonos rosas y fucsias de tal manera que me olvidé de que iba con mi marido y mi hijo, me olvidé del frío, del cambio euro-grivna y me volví loca buscando bufandas, bragas, leotardos, todo en los colores maaaaas cursis que os podáis imaginar …al final solo la compré unos vaqueros, prenda que no pude encontrar en su bonito pueblo; no contenta con eso, localicé el Benetton y allá que fuimos…en 5 minutos ya tenía enganchadas varias cosillas tamaño gnomo las cuales pagué gustosa…
A continuación, y como mi sed de prendas no se había calmado, entramos en lo que llamamos El Cutringlés; centro comercial surtido donde los haya (aunque la calidad, cantidad y belleza de sus productos sean dudosos) y entre Cacha, Albertito, que no dejaba de dar por saco (perdonadme la expresión pero es que está esquizofrénico) y yo, localizamos las cosillas que nos faltaban para Cristi, como la llama su hermano; acto seguido y ni corta ni perezosa la compré un variado surtido de kikis, gomitas y diademas que aun no se muy bien como ni donde la pondré.

Ah se me olvidaba otra cosa; entre las 3 semanas que llevamos aquí y los nervios, mi pelo estaba tan canoso y enraizado como la selva guatemalteca (las que pasais de los 40 me comprenderéis) así que declinando amablemente la invitación de nuestra traductora a ir a una peluquería local (donde te tiñen de rubia albina) y después de pasarme un cuarto de hora gesticulando como si estuviéramos jugando a las películas con la dependienta para entenderme con ella, me armé de valor y compré una caja de tinte de Garnier y esta mañana, con un par de narices y más miedo que siete viejas me he teñido las raíces yo solita y oye, que me ha quedado tan perfecto que casi me lo vuelvo a hacer otra vez, así que mi aspecto ha mejorado considerablemente, bueno eso y que también me compré algo de ropa de mi talla por que la que me traje era enorme para poder llevar la ropa interior térmica, cosa que no hace ninguna falta, así que estoy bastante contenta.
Ya solo necesito volver a abrazar a Cristina, verla reírse corriendo detrás de su hermano, vernos disfrutar los cuatro juntos para que mi felicidad sea casi completa (lo será cuando por fin estemos en nuestra casa).
Muchos besitos
Maru