domingo, 21 de febrero de 2010

HOY HACE UN MES

Los últimos días han sido de esta rutina agotadora, monótona e improductiva que requiere la situación. Las dos visitas de hora y media al día a Coletitas son nuestro máximo aliciente y los mejores momentos del día. Los mejores y los más agotadores, porque tenemos que jugar con ella a la vez que superamos las embestidas de Alberto, al que le pasa lo que San Pablo relataba tan bien en su carta a los Gálatas: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”



Cada día razonamos con él antes de ir a la casa cuna, durante, después, pero sin agobios, que Cristina o lo que le rodea no sea el único tema del día. También le damos sus momentos de exclusividad, de diversión, de desfogue. Él quiere a su hermana, la echa de menos, se lo pasa bien con ella pero… no soporta no ser el centro de atención, sobre todo de Maru. Él quiere portarse bien pero intenta ponerse en medio de cada foto, de cada beso, de cada juego y eso acaba cansando. Es débil para aceptar a una cuarta persona en el vínculo familiar, no puede compartirnos. Pero de eso se trata, de aprendizaje, de ese pequeño sufrimiento que ocasiona el crecimiento en virtudes, en urbanidad, en educación. Para eso estamos aquí, para ser una familia de dos hijos que comparten, discuten, se reconcilian, juegan.



Alberto también nos tiene un poco preocupados por su laringitis, que habíamos conseguido controlar en Madrid a base de tratamientos, extremada limpieza, humidificadores, muchos cuidados… Bueno, pues ha vuelto y eso nos preocupa, porque puede encadenarse con algo peor, algo que le impida visitar a Cristina o que haga que tengamos que acudir a los médicos de aquí… En fin, con el Pulmicort, el humidificador y alguna medicina comprada aquí estamos saliendo adelante, esperamos que la cosa no vaya a más.




Para salir un poco de la monotonía ayer hicimos uno de los escasos planes que se pueden hacer en Bielgorod, visitar su castillo-fortaleza. En realidad es una ciudadela medieval completa, bastante bien conservada en su perímetro externo y con varias torres aún en pie. A Alberto le encantaron las almenas, los cañones que decoran una zona de juegos y kioskos, ahora cerrados. Impresionante la vista del estuario casi completamente helado del Dniester. Nunca habíamos visto una superficie de agua helada tan grande y eso que llevamos unos días bastante benignos, con temperaturas superiores a cero, que nos permiten salir a pasear con los niños por el recinto de la casa cuna.




Aprovechando que es domingo y hay menos vigilancia, Maru ha llevado a Cristina el calzado que le compramos en Kiev, para comprobar si acertamos en la talla o hay que comprar cosas nuevas. Qué gritos de ilusión de mi niña al entender que son para ella, que se los han comprado sus papás, qué abrazos nos ha regalado que besos… ¡ha besado hasta a los zapatos! No me imagino lo que va a hacer el día –cada vez más cercano- en que nos la llevemos de aquí y Maru la pueda vestir con su propia ropa, elegida y comprada con todo el cariño…




Ya, sintiéndola cada vez más nuestra, esta tarde Maru se ha envalentonado y se ha llevado varios pantalones para probárselos, ya que compramos la ropa un poco a ciegas; como la visten con capas y capas de ropa, ¡al principio no sabíamos si estaba gordita o delgada! Pues está como tiene que estar: rica. Con lo de los pantalones no se ha emocionado nada, más bien lo contrario, ha habido que aplicar una llave inmovilizadora para poder probarle los pantalones a la niña.
En el colmo del arrojo, Maru no ha podido soportar más y le ha soltado la coleta, para verla con el pelo suelto, ¡no sabemos como es sin coletas! Bueno, no sabíamos, ahora ya si, ¡y vosotros también!



La verdad es que nos ha robado el corazón. Me quedo embelesado escuchando sus deliciosos parloteos en ruso. Tengo unas muy preocupantes ganas de malcriarla, de decirla "si, hija, tú pide por esa boquita que tu papuchi no te va a negar nada". Me pongo más ancho que largo cuando acude a mi para jugar a un juego que le encanta: nos ponemos en el final del pasillo y llamamos a su hermano diciendo "ven, ven" los dos, con la manita. Y cuando Alberto viene como un miura.... ¡la cojo en brazos y la subo muy alto, muy alto! (bueno, tampoco mucho, que ya sabéis que de altura tengo lo justo). Luego la bajo y decimos los dos: "no, no, no" también con la manita. Estúpido, ¿no? Pues yo me pasaría horas y horas.



Me vuelve loco la conexión que tenemos entre los dos: ella sabe que yo soy su papá (aunque a veces me llame "máma" con esa confusión propia de los niños de orfanato) y yo que ella es mi nena. Que puede hacer conmigo lo que quiera, que más vale que su madre me ate corto si no quiere que la de todos los caprichos...

Ella ya lo sabe y yo ya lo se. Así son las cosas y así se las estamos contando.

Besos y abrazos




Cacha

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Querida Cristina; hoy se cumple un mes desde que te vimos por primera vez, desde que oímos tu dulce voz y pudimos disfrutar de tus vergonzosos pasitos. Ya ves, tan poquitos días y hemos compartido tantas cosas juntos que parece que ha pasado un siglo.



Tu papá, tu hermano y yo hemos tratado de hacerte este tiempo lo más divertido posible y tu nos lo has devuelto multiplicado por mil. Ni en nuestros mejores sueños pensamos que fuera tan fácil tenerte, ganarte, recibir tu cariño, tus besos y tus abrazos, con ellos nos has llenado el corazón. Por fin somos 4, por fin tenemos a nuestra niñita . Ahora sólo faltan unos poquitos días más para que puedas conocer tu verdadero hogar, disfrutar de nuestra casa todos juntos, de tu camita, tu cuarto de juegos, de todos los detalles que hemos estado preparando con tanto cariño, aun sin conocerte pero ya sintiendo tanto amor por ti.



Eres tan pequeña y aun no sabes el terremoto de emociones que has levantado alrededor, la de familia y amigos que te esperan a tu vuelta, que están deseando conocerte, aunque ya a fuerza de leer tu historia sienten que ya eres una parte de ellos. Intentaremos que vayas saboreándolos poquito a poco, sin prisas, sin agobios, queremos que tu inicio en esta nueva vida sea casi tan bonito como te mereces.


Por dejarte querer, por ser tan linda como eres, por elegirnos… GRACIAS


También quiero darle las gracias a las personas más importantes de mi vida, a mi "cariño" Alberto que a pesar de tener solo 4 añitos y de haber sido, hasta ahora, el centro de nuestra vida ha deseado tanto tener una hermanita mucho antes de conocerla y sigue portándose (a pesar de sus celillos) como un estupendo hermano mayor y a mi marido desde hace ya casi 12 años, al que quiero tanto desde hace 17 y sin el que jamás hubiera podido llegar hasta aqui.

Y por último, gracias a los que estais allí arriba, sabemos y sentimos que nos habeis guiado en este camino...intentaremos estar a la altura.


Besos
 
 
 
Maru

miércoles, 17 de febrero de 2010

YA SON HERMANOS

El día del juicio amaneció radiante, soleado y con esa brillante luminosidad que tienen los días de sol tras una copiosa nevada. Nos levantamos como todos los días pero hoy hay un plus más de tensión, de viveza en el ambiente, entre nosotros; hoy todo es más intenso, es uno de esos días en los que pasan cosas. Entre nosotros –Maru y yo-tenemos más cruces de miradas, más carantoñas, más roces de manos. Estamos ahí para apoyarnos, como siempre sucede en las grandes citas. Vamos dando información a Alberto para que la vaya asumiendo: que hoy nos tenemos que ganar un punto muy gordo, que se tiene que portar muy bien, nos tiene que ayudar porque si no, no nos lo dan y no nos podemos llevar a Cristina….



Nos arreglamos un poco más de lo normal para, al menos, no parecer que vamos a matar osos (eso va por mi) ni a atravesar el Polo Norte montada en trineo con perros (eso va por Maru). No tenemos noticias de Leysa y llamo varias veces pero un mensaje largísimo en ruso me responde cada vez. Preparamos documentación y pasaportes; nos acabamos de arreglar… y seguimos sin saber nada de Leysa. A los pocos minutos, llaman a la puerta; es ella, que viene con cara de cansada, la pobre, después de una noche en nuestro querido tren nocturno más el viajecito Odesa-Bielgorod. Primera noticia: la red de telefonía móvil se ha caído, así que no podemos hablar con nadie; segunda: el juicio se ha aplazado a las 15:00 porque no puede asistir un vocal (que no se lo que es, en este caso). Son las 10:15. Cambio de planes. Todavía nos da tiempo, si corremos, a ver a Cristina.



Nos cambiamos de ropa otra vez y salimos volando a la casa-cuna; llegamos justo para verla un ratito, la pobre está sola, su grupo ha salido a dar un paseo –hace un día realmente bueno y está todo nevado- y llegamos justo para sacarla nosotros también. La dejamos siendo huérfana y volveremos esta tarde siendo sus padres –presuntos, hasta que la sentencia sea firme-, ¿no es increíble? Es como si viniera un hada madrina y ¡plin!, te tocara con su varita. ¡Tu deseo se ha concedido, ya eres padre de esta preciosa niña!



Vuelta a casa y comida. Siesta imposible, aunque necesaria, para Alberto. No se duerme y le hemos cambiado los planes, con lo malos que son los cambios para él. Ojú que tarde nos puede dar. Nos vestimos otra vez de gala y nos recoge Guiana. Vamos a recoger a la Subdirectora de la casa-cuna (una señora muy amable, la que nos dejó fotografiar la foto de Cristina) y a la Inspectora, que testifican en el juicio. Todos juntos, en alegre compañía y bastante apretados, llegamos al juzgado, que es como todos los edificios administrativos que hemos visto por aquí, así que me ahorro descripciones.



A la hora convenida, tres de la tarde, con los papeles en regla y sin la comparecencia de nuestro abogado (de lo que alucino, pero ni pregunto, supongo que esto puede pasar en este bendito país), entramos todos en la sala del juzgado que nos corresponde que, gracias a Dios y a diferencia de lo que sucedió en Krivy Rig, no es una sala de vistas con su celda para delincuentes peligros y todo, sino un simple despacho, donde siete personas nos esperan con caras muy serias. Las dos que venían con nosotros, el señor juez –que es un hombre de unos sesenta años, calvo y con gafas y cara de buena persona, la secretaria de juzgado, la fiscal y dos testigos, que se sientan a los lados del juez. Al entrar el juez (nuestra hada madrina de la varita) nos dice que no nos preocupemos por venir con un niño, que entiende que los niños se comportan como tales. Este no conoce a Alberto.



El juicio es grabado en su integridad, supongo que para vigilar la limpieza y transparencia del proceso –lo que nos parece muy bien y, al menos por lo que hemos visto nosotros, así ha sido todo- así que cada vez que tenemos que hablar nos ponemos en pié y nos acercamos a un atril con micrófono. En una de estas se me ocurre arrancarme con una de Alberto Cortez, pero me contengo, el juez parece buen tipo pero no conozco su sentido del humor, no parece momento ni lugar, y es probable que sea más que cuestionable mi actitud como futuro padre si lo hago, así que me limito a responder siguiendo el guión ya previamente establecido con Leysa. Maru y yo repetimos las mismas respuestas, aunque somos un matrimonio ninguno es portavoz del otro, así que tenemos que duplicar todo.



Nos leen un montón de artículos del código civil ucraniano cada vez que vamos a hacer algo, lo que alarga bastante el juicio. Alberto empieza a hacer de las suyas, a pedir juguetes, a hacer pedorretas, a hacer chasquidos de lengua (si, como los de Asno en la carreta con Shrek), mientras Maru y yo intentamos atender a la traducción de Leysa y responder con coherencia a lo que nos preguntan. Una de las testigos (que es la que vende material de escritorio en la entrada de los juzgados) empieza a mondarse de risa y al juez a mirar con cara de “que gracioso el maldito niño este….”. Nosotros intentamos que se tranquilice, le cojo en brazos (que a veces, en Misa, me funciona) y le digo cosas bajitas al oído para que se tranquilice. Parecer que si, que funciona, lo que nos permite seguir el juicio y terminar dignamente. Paran para deliberar y se queda el juez con las dos testigos.



En el descanso Alberto sigue haciendo de las suyas y la inspectora, la subdirectora, la fiscal y la secretaria nos hacen preguntas sobre él, su tos, su comportamiento. Nos dicen que para los estándares occidentales es nervioso pero para los suyos es un niño “vivo”. Joder, y, según sus estándares, ¿qué es un niño hiperactivo, uno que va con una katana matando gente?



Entramos para escuchar la sentencia, que es que aceptan nuestras peticiones (que son varias, la primera la de adoptar, pero hay más relacionadas con temas legales) y le dan por primera vez su nombre y primer apellido, aunque no el segundo, porque en esta región de Ucrania no se permite usar el de la madre. Ya lo cambiaremos en Madrid.



El juez nos de la enhorabuena, y entre espasibas y da esvidanias se nos va un ratillo. Salimos de allí y la Inspectora y la Subdirectora nos dan la enhorabuena; charlamos un rato con ellas sobre la adaptación de Alberto y la Inspectora, que parece una mujer que sabe lo que dice, nos felicita por la suerte que hemos tenido con nuestros dos hijos. Se lo agradecemos y le decimos que somos conscientes de ello. Si estuviéramos en España esta acababa siendo amiga mía, como siempre que le echo el ojo a alguien que merece la pena.



Salimos de allí y nos hacemos la consabida foto a la salida de los juzgados que se hace todo el que adopta en Ucrania, aunque esta vez somos tres los que posamos. Queremos ir corriendo a ver a Cristina, pero tenemos que pasar antes por nuestra querida notaria (hemos hecho tantas visitas a su notaría que Alberto, cuando entramos dice “¡Ya estamos aquí otra vez!”) Otro ratito de pórtate bien, Alberto, que aquí también nos dan puntos pero el pobre lleva un día de locos y le queda poco aguante, así que recorre con Rayo McQueen y Doc Hudson la mesa de la notaria varias veces haciendo perfectas onomatopeyas de motor, mientras la notaria sonríe cortésmente.



Por fin salimos para ver a Cristina. Queremos aprovechar que está Leysa para preguntar a las cuidadoras (y hoy está una de las más simpáticas, de las que se ve que quiere a los niños) todo lo que podamos sobre ella: que come, como duerme, a que tiene miedo, que le gusta, que no, etc, etc. Información sobre lo que ocurre detrás de esa puerta que nosotros no podemos franquear y tras la que nos la dejan ver todos los días.



Me quedo con los dos, jugando. Comparten merienda y juegos. Ellos no lo saben, pero lo hacen como hermanos, por primera vez. Esto es lo más importante de todo. Al final del día, Maru y yo, comentando como había ido, nos damos cuenta de que no lo hemos disfrutado lo suficiente, que no hemos tenido tiempo para decir “¡Ya somos sus padres!”, para saborearlo. No hace falta, nosotros ya somos padres. ¡Lo importante son ellos! Sobre todo Cristina, que estrena padres y hermano; y Alberto, que ya tiene una hermana. Para toda la vida.



Eso es lo más importante, más que Maru por fin tenga a su niña soñada o que yo tenga cara de tonto en todas las fotos que veis porque en realidad tengo cara de tonto cada vez que la veo. Lo más importante es que hemos dado a nuestro hijo el mejor regalo de su vida: una preciosa hermana pequeña, dulce, cariñosa; y que a Cristina, además de darle todas esas cosas que ya se suponen cuando adoptas a un niño, le hemos regalado un maravilloso hermano mayor, inteligente, bueno, noble, cariñoso, divertido. Se tienen el uno al otro para toda la vida. Nosotros moriremos, si Dios quiere, antes que ellos. Sus parejas llegarán más tarde. Sus hijos, algún día se irán,



Pero los hermanos son la relación más longeva de la vida. Siempre están ahí, te lleves como te lleves. Nosotros tenemos la fortuna de tener una buena relación con nuestros hermanos, son muy importantes en nuestra vida. Con sus altibajos, como toda relación humana, con sus problemas, con sus miserias y excelencias, con sus alegrías y sus penas, idas y venidas. Con tantas cosas que perdonar y tantas por las que pedir perdón.



Siempre supimos, cuando adoptamos a Alberto, que no sería el único. Que le daríamos, al menos, un hermano. Eso es lo que hemos querido ofrecer a ambos con estos dos viajes a Ucrania; que se tengan el uno al otro para siempre. Que cuando llegue la edad de preguntarse por el sentido de la vida, de sufrir por la conciencia de haber sido abandonado, de buscar su identidad, de rebelarse contra todo porque no me entiendo ni a mi mismo, de rebelarse contra lo que más quiero porque necesito ser yo, cuando lleguen todos esos momentos difíciles, y cuando vengan los momentos felices de la vida, su hermano esté allí, como nos ha pasado, gracias a Dios, a nosotros siempre. Incluso, para que cuando nosotros empecemos a faltar, se puedan apoyar el uno en el otro para no caerse. Como hicimos nosotros.



Damos gracias a Dios por tener la fortuna de nuestros hijos, que son todo para nosotros, que nos llenan la vida, nos alegran el corazón y nos hacen salir de nuestro propio ombligo para ver más allá, para mirar hacia su futuro.



Información práctica: quedan diez días hasta que la sentencia sea firme; hasta entonces, seguimos con las visitas en “régimen abierto”, o sea, tres horas al día repartidas entre mañana y tarde. El día 1 de marzo recogeremos la sentencia y trataremos de hacer todas las gestiones –pasaporte incluido, que seguimos con los problemas- para salir el mismo día para Kiev. Dios proveerá, que siempre lo hace, como se ha visto, ¿no?



Besos y abrazos



lunes, 15 de febrero de 2010

TENÍA QUE SER HOY

Hoy ha empezado a nevar otra vez. Después de unos días de tregua, donde pudimos salir con Cristina no solo a pasear sino hasta a montar en los columpios de la casa cuna, acariciando un poquito más la normalidad, teniéndola un poquito más para nosotros solos, no únicamente separados por una puerta en la que, en cualquier momento, asoma una cuidadora para ver como vamos, para ir a la cocina a por la comida del grupo o para sacar a los niños a su lacónico paseo en formación. Hemos tenido un par de días de toboganes y columpios, que están en unas condiciones en las que cualquier madre de España llamaría a la policía municipal para denunciar al concejal responsable de espacios públicos. Pues aquí, un lujo y nosotros tan contentos.



Nuestro barrio es una expansión de Bielgorod, una zona obrera en las afueras, cerca de las vías del tren y de unas cuantas fábricas. Tiene el aspecto que podrían tener las zonas más pobres de los suburbios de las grandes ciudades españolas si no hubiéramos avanzado nada en los últimos cuarenta años. No se si recordáis, o si lo habréis visto, pero en Vallecas, en San Blas, en Carabanchel o Villaverde –y sus equivalentes en otras ciudades- las casas eran pequeñas, sin ascensor, de mala calidad de construcción .Entre los bloques de pisos, los espacios libres son descampados donde se acumulan escombros y basura, oxidados parques infantiles dan una nota entre colorista y nostálgica de tiempos mejores, perros y gatos escarban entre la basura, a veces compitiendo con humanos que se dedican a lo más miserable: rebuscar en la basura de los pobres.



Se ve que algunos vecinos, de vez en cuando, animados por un espíritu comunal o por una mínima bonanza económica, hacen alguna mejora de su portal, de su mínimo trozo de jardín y ponen un nuevo cercado, semientierran y pintan de colores vivos viejos neumáticos para que los niños jueguen a saltar, para delimitar caminos, o ambas cosas. Entre las miserables viviendas, de vez en cuando, sorprende alguna que ha hecho una ostentosa reforma, con cristales de lunas tintadas y parabólica modelo MIR-4 bien a la vista.



Parece mentira que estemos en una de las ciudades más antiguas del mundo, con más de 2.500 años de historia, prueba viva de que el hombre es capaz de lo mejor y de lo peor, de construir y destruir, de sembrar y arrasar. (Por cortesía de los Franco http://www.portedor.com.ua/index.php?id=55 )





El camino desde nuestro piso hasta la casa cuna discurre entre bloques de pisos, descampados llenos de escombros y basuras, viejos Ladas que alternan con otros modelos europeos. Hoy la nieve ha suavizado el paisaje, tapando las miserias cotidianas. Ahora somos unos ucranianos de a pie que van al supermercado andando y cargan con su compra como uno más, lo que nos hace enfrentarnos a la lluvia, a la nieve y al frío, con Alberto aguantando como un campeón, sin una queja. ¡Ole mi niño!



Salvo hoy, que como ha empezado a nevar como si el invierno quisiera dejar bien patente quien manda aquí, hemos llamado a Guiana (nuestro conductor) para que nos recogiera en la Casa Cuna. Cuando hemos llegado del Cutreffur, a eso de las siete, habían caído más de 20 cm de nieve. Y sigue.



A pesar de eso hemos salido un rato con Cristina a pasear, que a ella le encanta y a Alberto le viene bien. Hoy hemos tenido la experiencia pompero, o sea, las pompas de jabón. Supongo que alguna vez las habrá visto, pero nunca lo ha pasado tan bien como hoy, animada por su madre a soplar, saltando con su hermano para conseguir la más gorda… Lo malo es que, como es tan ordenada, ¡se pone nerviosa cuando se le escapan las pompas!



Cada día nos recibe con más cariño, con besos y carantoñas, alternados con algún trastazo o mohín de de hacerse la interesante. Las despedidas depende de los días, los dos primeros después del reencuentro fueron malas, creo que sentía que nos íbamos para desaparecer otra vez, pero poco a poco parece que va estando más tranquila.



Cristina es a la vez una niña dulce y dura. A veces habla con una vocecita aguda –propia de un idioma distinto al Español, tan abierto y llano- y a veces ese grito se convierte en una orden estridente y fuerte. A veces es delicada como una princesita en la forma que tiene de tratar a las cosas, a los juguetes, a nosotros y a veces su trato a las mismas cosas es brusco, un poco bestia. Le falta el término medio de la confianza, de la cotidianidad, del cariño.



No es tan tragona como era Alberto cuando le conocimos, no devora galletas y yogur como si lo fueran a prohibir como hacía su pantagruélico hermano. A veces mordisquea una galleta más por cortesía que por hambre, pero si que le encanta la fruta y el zumo. Ayer Maru llevó mandarinas peladas y ha sido la primera vez que la hemos visto comer con ansia, compitiendo con Alberto por ver quién tenía la boca más llena de gajos, parecían dos hamsters con los carrillos llenos.



Los animales le gustan pero le dan miedo, como a casi todos los niños; tienen curiosidad por esas cosas que se mueven solas y se parecen a las de los cuentos pero a la vez son imprevisibles (para ellos), tienen dientes, se mueven rápido... Grita con su vocecilla de pájaro flauta cuando les ve (llamándoles, suponemos, porque dice cosillas en ruso que se parecen a “koshka” (gato) y “sabaka” (perro) y corre con su vacilante trotecillo hasta una distancia prudente, pero al mínimo movimiento sale despavorida gritando “¡uyuyuys, uyuychs!” Su hermano la da más valor y Alberto ejerce de hermano mayor acercándose más y diciendo “¡No hace nada!” superando su propio miedo.



Le gustan los juegos de ordenar cosas y es hábil –para su edad real, no la oficial- con los puzzles sencillos y con las construcciones. Coge los lápices bien pero pinta sin continuidad, se ve que nadie se ha puesto a hacer cosas con ella. En seguida se aburre, no sabe que hacer con ellos, pero en cualquier caso le encanta pintar, sacar pinturas, sacarlas punta, volverlas a guardar. Es ordenada y no soporta que se le caigan cosas al suelo, se levanta rápidamente con sus “uyuyuys, uyuyuychs” que sirven para casi todo y se pone a recoger. En cuanto dejamos una actividad, empezamos a cantar “¡A guardar, a guardar, cada cosa en su lugar!” y ella participa contenta y feliz.



Con nosotros ha descubierto el pegamento en barra y las tijeras y se pasa los ratos muertos pegando pedacitos de papel en una hoja. Se ve, al menos de momento, que tiene más capacidad de concentración que su hermano, que a esas alturas, al otro lado de la mesa, se ha levantado ya veinte veces, ha tirado cincuenta cosas, nos ha dado seis besos y quince abrazos y se ha enfadado tres o cuatro veces.



Hoy, por fin, hemos tenido buenas noticias que, por esperadas, no son menos buenas. Por fin hemos conseguido el papelito del Departamento de Adopciones que nos permite celebrar el juicio, así que mañana mismo, a las 12:00 de la mañana, con permiso de la autoridad (en este caso, Interpol) y si el tiempo no lo impide (está por ver como llega Leysa desde Kiev con toda la documentación), nos personaremos en los juzgados de Bielgorod-Dnistrovsky toda la familia, arreglados pero no ostentosos, procurando no cruzar los brazos -signo de desafío en esta cultura-, responder a las preguntas con prudencia, humildad y buen juicio. Es un juicio de los de verdad, con abogado, fiscal, juez… Testifican la Inspectora Municipal (ya mencionada) y alguien del orfanato, que contará que hemos visitado a Cristina, como ha sido la adaptación, como nos han visto, etc. Ya tenemos experiencia así que, a pesar de que es un traguito más que pasar, estamos tranquilos y serenos, con ganas de que pase y empiece la cuenta atrás que, de momento, no podíamos iniciar.



Mañana cumple un mes desde que llegamos aquí. El tiempo parece congelado desde entonces, a pesar de los acontecimientos. Siento como si llevase mucho más tiempo aquí, pero a la vez no siento añoranza por mi casa, por la normalidad de nuestra vida. No todo lo que quiero está aquí, pero si lo que más quiero. Todo lo que necesito para vivir. Lo malo es que en mi empresa seguro que no piensan lo mismo.



El día del juicio ha llegado, por fin. Hemos desatascado los problemas, hemos pasado los momentos difíciles juntos, vivimos en esta anormalidad cotidiana que nos hace sobrevivir a este absurdo proceso. Tan metidos estamos en esto que hasta nos distraemos con la televisión ucraniana, en ruso, en la que por cierto, aparecen los mismos tipos de gente en los mismos tipos de programas que en España. La basura se expande, de acuerdo al segundo principio de la termodinámica, sin parar.



A partir de mañana, Cristina será un poco más nuestra, estaremos más cerca de la salida del laberinto, habremos tirado un poquito más de su manita hacia nuestra casa. Después vendrá la adaptación, los celos de Alberto a tiempo completo, los Dios mío no puedo con estos dos, la vida, la intensa y maravillosa vida que Dios nos ha dado a vivir y por la que le doy gracias todos los días, vengan como vengan.



Tenía que ser hoy, ¡no me imagino a Pablo dejando una gestión sin hacer, y hoy tiene que atender a tanta gente…! Confiaba en que hoy fuera la fecha límite para conseguirlo y así ha sido. Gracias, Pablo, por la gestión, como tantas otras….





Besos y abrazos





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Hoy es el primer aniversario de la muerte de Pablo, al que muchos conocisteis y otros habéis leído de él por primera vez aquí. Nos gustaría estar con su familia y todos nuestros amigos hoy, en la eucaristía que se va a celebrar en Parroquia de la Concepción del calle Goya, donde nos casó y donde bautizó a Alberto. No podrá ser, pero estamos allí de corazón y con la oración. Es difícil decir algo de él de forma resumida y sin que suene a un panegírico de estos que a él se le daban tan bien y que tan poco gustaba escuchar de sí mismo.



Sólo que te echamos tanto de menos que a veces no se si la sensación que tengo de que estás presente es una broma tuya más o pura sugestión, pero a veces siento que sigues con nosotros, que mi teléfono –en el que me resisto a borrar tu número- va a sonar en cualquier momento y me vas a decir “¡Cacha! ¿Cómo estás? ¡Vengo de ….! ¿Me paso a ver a Alberto un rato y os cuento?”. En estos días recuerdo una de mis noches oscuras de fé, en la que, como tantas otras veces, acudí a ti y paseando los dos por nuestro querido Tajamar, me dijiste: “Yo no voy a darte razones, ni argumentos, sólo voy a decirte que yo siento cada día y en cada momento la presencia viva de Cristo. Viva de verdad.”. Así te siento yo también Pablo, te siento cercano y vivo.



Por eso, aunque a algunos os pueda parecer una bucólica imagen cuando hablo de él, cuando digo que se que muchas de las cosas que suceden cuando parece que son imposibles, cuando de pronto, cuando me quedo sin aliento, sin amor, noto como me llega ese aliento fresco que me da más paciencia, más amor, más lucidez… se que Pablo está detrás, ¡porque yo se lo pido, le pido intercesión ante el Padre, con la confianza que me da que mi amigo está con Él! Así que hoy, en su primer aniversario de su ascensión a la Cumbre, le pido a Dios en oración recibirle en Comunión Espiritual acompañado de Pablo. Que así sea.

Te queremos y no te olvidamos.


Cristina, Alberto, Maru y Cacha

viernes, 12 de febrero de 2010

EL REENCUENTRO

El martes y el miércoles fueron días “basura”, sin aprovechar, únicamente esperando una llamada del consulado, alguna noticia del Departamento, algo. La misma situación del “As time goes by” del blog de Alberto, aunque en este caso, participando activamente en el proceso: llamadas a Interpol España, donde gracias a nuestras ayudas, tenemos buen acceso, llamadas al consulado… Nada.



Nuestro “papel” ha sido ese que se queda en la fotocopiadora cuando se la lleva el técnico para reparar, ese email que se envía en el mismo momento en que un gato se mea en el servidor, ese fax que se envía justo, justo, cuando la chica recibe la llamada de su amante casado para decirla que nunca dejará a su mujer y entonces se le olvida todo, se encierra en el baño para llorar y, cuando sale, olvida allí ese papel tan importante para nosotros, vital, el que nos da el billete de vuelta para Bielgorod.



Bueno, pues algo así ha pasado, no entraré en detalles para no cargar las tintas contra nadie. El caso es que después de mil llamadas, preguntas y repreguntas descubrimos lo que había pasado, lo pusimos en conocimiento del cónsul y el hombre ha intentado que se aceleren las cosas al máximo. Así, nos llamaron el jueves para decirnos que había llegado nuestro “nihil obstat” desde Interpol España y que creían que Interpol Ucrania informaría al día siguiente. Misión cumplida de nuestra estancia en Kiev. Podían haber sido cuatro días si el equipo del cónsul estuviera a su altura. Pero ha sido una semana.



Así es esto de la adopción en Ucrania. Un subeybaja permanente de emociones a raudales. Podrían incluirlo en la guía de parques temáticos gore para amantes de las emociones extremas, junto con el de “pasee sin protección por Ciudad Juárez con una camiseta del FBI”, “matrimonio junto con otros 200 con la pareja que elija el líder de su secta en Arizona y posterior inmolación” o “juéguese la vida a la ruleta rusa fumado de opio en el peor tugurio de Hong-Kong”.



Así que pedimos a Leysa que nos sacara los billetes de vuelta a Bielgorod, para disfrutar de otra noche de sensaciones sin par en el famoso expreso Kiev- Odesa. Nos despedimos de Luis y Ana en nuestro apartamento, que nos han acompañado en estos días y con quien hemos intercambiado información, experiencias y películas. Salida a las 22:00, llegada prevista a las 6:00 a.m. y luego una horita y media hasta Bielgorod, con el plan de dejar el maldito Hotel Fiesta y ver un apartamento cerca de la casa-cuna de Cristina, dejar allí el equipaje y ver a nuestra princesita a las 10:00.



Así que tomamos el tren con una maleta más que en el viaje inverso –cosas que pasan cuando pasas una semana en Kiev sin nada que hacer y por el único sitio por el que puedes pasear sin riesgo de partirte la crisma son las galerías comerciales de la ciudad- con lo cual el espectáculo del padre cargador acarreando maletas, troleys y bolsas por los andenes con el suelo helado de Ucrania está garantizado.



Así pasamos la noche de ayer, en este bonito sitio que se ha convertido en nuestra segunda casa y que es el tren nocturno Odesa-Kiev, que te deja traqueteado, noqueado y más golpeado que un pulpo a feira. El tren llegó con dos horas de retraso, pero eso no evitó que nos despertaran, con esa gentileza que ha hecho legendarias a las vigilantes de vagón de los trenes ucranianos, a las 5:00 de la mañana. Dos horas mirando andenes desconocidos, atravesando paisajes helados y Alberto, el pobre, preguntando “¿Queda muchooooo?”. A las 8:00 nos estaba esperando (desde dos horas antes) Guiana, nuestro conductor. Lo de la horita y media de coche era orientativo, ya que dependía del estado de la carretera de la muerte esta, en la que hemos descubierto, como nos temíamos, que mejoraba mucho con la nieve que cubre los baches y que es más rápido conducir sobre hielo que ir esquivando cráteres.



Así que hemos llegado esta mañana a Bielgorod con el cuerpo molido, con más hambre que un gorrión en Mogadiscio, con sueño atrasado –los días en Kiev, mirando al techo por la noche, tampoco han contribuido mucho al descanso- y no sabiendo ya si veníamos aquí a por una niña, a cazar mapaches o a qué. El apartamento es un 3º sin escaleras –la subida de maletas ha sido épica- de los bloques de pisos del barrio que circunda el complejo orfanato- casa cuna de Bielgorod. La zona es fea, deprimente, de bloques grises descuidados, poblados de aceras inacabadas, trozos de calle sin asfaltar, alcantarillas destapadas, portales con olor a orín de gato. Para venir de vacaciones, vamos. Pero bueno, lo mismo nos pasó en Krivy Rig con el piso de “La bombón” y luego la casa no estaba tan mal.



Bueno, pues ésta no es así, está más acorde a los estándares ucranianos. Obsérvese, como detalle, el fino trabajo eléctrico del termo de la ducha. A pesar de eso, nos hemos quedado; de eso y de que de que la casera nos ha tenido que traer un hornillo eléctrico de dos fuegos porque la casa tiene cocina de gas pero en un alarde de previsión, porque el edificio no tiene gas; de que tenemos agua de 6 a 2 y de 18 a 23, de que después de pactar el precio para UN PISO COMPLETO no quería que usásemos una habitación en una casa de dos habitaciones, hasta que he dicho “¡pues nos vamos!” y la señora ha accedido a que usásemos la habitación que debe ser de la niña (que espero que esté viva, no sea una especie de mausoleo que Alberto está violentando) por la decoración, etc, etc.



Así que, después de pagar por adelantado cinco días me fui con Guiana a recoger las maletas que habíamos dejado en el Hotel Fiesta, ese magnífico sitio donde el perro te despierta con la misma delicadeza que las citadas oxigenadas vigilantes de vagón y donde la máxima preocupación de los dueños es que te sientas como en casa; sólo así se explica que sea el único hotel en el que he estado en mi vida –y llevo ya unos cuantos centenares en varias decenas de países- en el que tú te tienes que hacer la cama si quieres encontrártela hecha la noche siguiente.



Nada más llegar, nuestra inefable Tatiana me estaba con una mano dando la llave de la habitación y con la otra pidiendo la pasta. Pues no, niet, nada de nada, monada, dame las maletas que me piro y no vuelvo más. El cabrón del perro, encima, intentando morderme los tobillos mientras subía la escalera. Hasta nunca.



Por fin volvemos a retomar el sentido de todo este viaje y todo este esfuerzo: rescatar a Cristina. En estos días en Kiev, donde habíamos vuelto a ser sólo tres, parecía como si lo anterior no hubiera pasado, como si Cristina fuera una niña más, no se, la hija de unos amigos con los que coincides en vacaciones y juegas un poco más con ella. Pues no, a por ella volvemos y ya no nos separaremos nunca (hasta que la señorita decida irse de casa, esperemos que para casarse con un buen chico que previamente pase el detector de mentiras, los test de personalidad y me jure que la va a tratar mejor que a su madre).



Y así, por fin, después de parar para comer, hacer la megacompra en el Cutreffur y subirla los citados tres pisos –que se nos van a poner unas nalgas de equipo de natación sincronizada con tanta escalerita…-, a las 15:45 estábamos intentando volver a la rutina balsámica y beneficiosa de visitas a Cristina: bolsa de mano con juguetes y merienda para ambos hermanos y, como novedad paseo hasta la casa-cuna. Bueno, más que un paseo un vadeo, porque la nieve a empezado a derretirse otra vez y aquí lo de las aceras es un tema que se salía de presupuesto o que no estaba planificado en los años de la extinta URSS cuando se hicieron estas viviendas orgullo del proletariado de Bielgorod.



Pero por fin, tras algo de espera para recibir el necesario permiso médico diario de visita, hemos podido subir a reencontrarnos con Coletitas. ¿Qué tal estará? ¿Se acordará de nosotros? ¿Nos hará pagar la ausencia? Hemos hecho todo lo que hemos podido para que no pasara mucho tiempo sin vernos, pero… ¿habrá influido mucho una semana?



Pues no, esta niña es un solete. Cierto es que al principio ha estado un poco ñoña (hacía muchos “uychs, uychs” e intentaba zafarse a los achuchones) pero en seguida ha levantado la barbilla y se he hecho con la situación, ha pedido zumo, exigido chocolate, nos ha sentado a todos a tomar el té ordenando “Pietz!” (“¡Bebe!”) y al final se ha despedido haciendo pucheritos cuando se ha acabado la hora de visitas.



Un amor.



Un amor al que le han cortado el flequillo y mucho me temo que algo las puntas, también. ¡Sin consultarnos! ¡Pero si su madre tenía ya hora pedida en la peluquería para hacerla un cambio de look! Habrase visto… Alberto, muy nervioso con tanto traqueteo y la vuelta a la competencia y al libre mercado, nos ha dado un poco la tarde, pero el pobre que va a hacer, le vemos muy mayor ¡pero está indefenso ante esta situación! Se ha pasado gran parte de la visita castigado y pensando, pero hay cosas que tenemos que cortar de raíz y mejor desde aquí mismo.



En fin, que ya estamos aquí otra vez, que si no vuelven a fallar las cosas, tendremos juicio, probablemente el miércoles 17, así que estaremos de vuelta en España –que lejos suena eso…- la primera semana de marzo. Una semana más tarde de lo que yo, en principio, había previsto inicialmente. No está mal después de lo que ha caído, en todos los sentidos.



Estamos agotados de las emociones, de los espacios pequeños, de no tener sitio para tener distancia, para que Alberto suelte un poco de energía, para poder respirar… Esto es lo peor; el resto de incomodidades, comida, alojamiento, etc. se hacen llevaderas y más con experiencia como tenemos. Pero bueno, con subidas, bajadas, nervios, templanza, comprensión y quintales de paciencia vamos sobreviviendo sin salir en El Pravda de Kiev.



Por Cristina merece la pena todo lo que hacemos y mucho más. Toda una vida más, como hacéis todos los que nos leéis y que sois padres; no hay mucha más capacidad de sacrificio en lo que hacemos nosotros que en ir por vigésima vez en el mes a urgencias porque el niño tiene fiebre, lo que pasa es que lo nuestros es más exótico y parece como más de valientes. No, no. Valientes son los que sacan a sus hijos adelante, vengan de donde vengan, cada día con amor, entrega y cariño. Muchas personas en muchas partes del mundo que no saben que comerán al día siguiente pero que cuidan a sus hijos con amor y que se quitarán de la boca la comida para dársela a ellos. Nosotros vivimos en el –de momento- primer mundo, no tenemos –de momento- problemas económicos ni de salud, ¡qué más podemos pedirle a Dios!

Bueno, si, muchas cosas que me faltan: Paciencia, generosidad y todo el amor que se merecen mi mujer y mis hijos.



Besos y abrazos







Cacha

martes, 9 de febrero de 2010

NO NEWS… BAD NEWS

Al menos de momento. Seguimos en Kiev; hacemos llamadas por medio de nuestra traductora al Departamento de Adopciones y directamente al consulado pero, de momento, no hay noticias de nuestro “papelito” de Interpol. El procedimiento de obtenerlo por la vía rápida está establecido, la documentación presentada, solo nos queda esperar.



Y eso hacemos. No volvemos a Bielgorod porque pensamos que aquí tenemos más capacidad de hacer “presión”. Estamos cerca del consulado, podemos encadenarnos en la puerta en un santiamén si llega el caso. Esperemos que no, con la que está cayendo, como para quedarse parados en cualquier sitio.



Así que aprovechamos estos días para hacer compras necesarias para nuestra estancia aquí, hoy hacemos 24 días en Ucrania. Hemos paseado, comprado, montado en el funicular, nos hemos tomado un café con los únicos españoles que permanecen por aquí, una pareja de Madrid, Ana y Luis que han tenido una primera cita fallida y esperan fecha para la segunda cita. Van bien preparados, se saben bien lo que les espera y lo afrontan con tranquilidad y alegría.



Con respecto a Cristina, hacemos una especie de abstracción mental, intentamos pensar solo en positivo, en recordar los buenos momentos, la encantadora manera que tiene de chapurrear en ruso, sus desmañadas carreritas, su delicioso movimiento de coletas, sus aún gordezuelas manitas, sus besos recién estrenados… No nos dejamos llevar por la melancolía ni por el desánimo que empieza a cundir cuando el día acaba –y aquí acaba pronto, a las 16:30- y ha pasado uno más sin ella. Es nuestra y nada ni nadie nos la va a quitar. Por eso, entre otras cosas, no nos volvimos a España, porque es nuestra y, aunque todos nos decían que nos podíamos volver a España tranquilamente a esperar el certificado… si, si, ya, ya, tú fíate de estos… Lo mismo hoy se sacan una nueva norma en la que te piden un nuevo requisito, mañana se sacan otra en la que si nos has visitado a tu hijo en tres días pasa la vez o algo así.



Este es un país inestable, que acaba de celebrar unas elecciones que van a cambiar a los que están en el poder por otros que no sabemos si son mejores o peores, pero que seguro que van a cambiar cosas:

Y cambios suponen incertidumbres, retrasos, fatalidades en las que te ves envuelto porque eres un número de expediente más, unos extranjeros que vienen a llevarse a los hijos de la patria (aunque la patria no pueda darles ni siquiera unas condiciones de vida dignas), occidentales prepotentes que pasamos por delante de sus narices nuestra opulencia y riqueza (aunque intentemos pasar lo más desapercibidos posible, no hagamos ninguna ostentación de nada que pueda hacer pensar eso ni de lejos).



A medida que pasan estos días y el recuerdo de Cristina se hace más borroso, en algún momento de descuido, me asalta la sensación de que todo ha sido un sueño, que no es verdad lo que ha pasado, que jamás la conocimos, que no es real, que todavía tenemos que ir al Departamento de Adopciones y pasar por el calvario de las fichas. Entonces miro las fotos que tengo de ella en mi móvil, me sereno, doy gracias a Dios y sigo tachando días en este absurdo, inevitable, conocido e imprevisible proceso.



Así que nosotros apretamos los dientes, nos encomendamos al Padre para que nos ayude en este parto de semanas, pedimos a nuestros santos Alberto, Pablo y Miguel Ángel que sigan haciendo gestiones e invitando a cañas a los Arcángeles para que les muevan los papeles allí arriba y nos ponemos pesadísimos aquí abajo para que nos den información y nos tomen en consideración.

Esta foto está hecha especialmente para nuestros amigos "los burgaleses" chicos, no os imaginais el frío que hace aqui y lo que nos acordamos de vosotros y de "nuestro día de crucero"...ahora nuestro barquito está rodeado literalmente de hielo pero no nuestros corazones. Ojalá podamos repetirlo algún día los 8 juntos. ¡Os queremos a los cuatro!




Alberto nos hace la estancia más llevadera, no nos deja tiempo para aburrirnos ni para pensar. Por las noches, Maru y yo vemos la misma película pero en sitios distintos: ella en el DVD portátil y yo en el ordenador, los dos con cascos para que Alberto pueda dormir. Sincronizamos los dos para, al menos, ver la película a la vez, reírnos de los chistes al mismo tiempo…



Seguid rezando, seguid acompañándonos. Sabemos que lo hacéis (hasta la prima Alexandra, desde Miami, ha puesto a rezar a su comunidad por nosotros, eres grande, prima) y que estáis ahí. También nosotros, en estos momentos consultamos ansiosamente nuestro correo y el blog para sentirnos acompañados. Cada correo, cada mensaje, recarga el saldo de nuestra tarjeta de permanencia aquí, de verdad.



Besos y abrazos


Cacha
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Por cierto, hoy es el cumple de nuestro AMIGO Rafa; te mandamos muchísimos besitos granizados desde Kiev; personalmente no te conocí a los 11, ni a los 22, menos mal que tuve la suerte de celebrar contigo tus 33 y ahora,,,, la edad de Cristo… pues eso guapo, te deseamos que lo celebres como siempre, con los bombones de tu mujer y tus hijas (por cierto, que bien escribís chicas), con tu entrañable familia, y que el sábado todos los amiguetes juntos os acordéis un poquito de nosotros; ya sabeís que parte de nuestro corazón estará allí.



Os queremos.



Maru

(Alberto y Cristina también lo firman aunque aun no saben escribir, jaja)



domingo, 7 de febrero de 2010

EN KIEV, COMO EN CASA

El jueves por la noche salimos de Bielgorod en coche con Guiana, nuestro conductor, camino a Odesa, por una carretera (?) helada, por la que no se podía circular a más de 50 km/h y eso en los mejores tramos. Es una carretera muy transitada por camiones, en algunas zonas estaban parados por el hielo. El camino me recordó a un viaje a Kenia y Tanzania que hicimos hace ya años. Entonces vimos que los coches muchas veces se salían de la carretera porque las cunetas estaban mejor que la propia carretera. Pues aquí, algo parecido.



El tren nocturno Odesa-Kiev no era como el Kiev-Odesa, no se muy bien por qué. En este caso, no dio lugar a la sorpresa agradable, no, no. Tren viejo, incómodo, sucio, de mantas apolilladas y lavabos con más olores que Concha Velasco sin la Tena-Lady. Lo normal, vamos. El caso es que a pesar de eso, dormimos algo más que en el trayecto anterior, lo que hace el tener ya a Coletitas fichada, reconocida y controlada.


Llegada a Kiev a las 8:30, entrada en el apartamento –curiosamente, en el mismo edificio que el último en el que estuvimos en el viaje de Alberto-, ducha rápida y gestiones con el consulado. Recibo llamadas de Luis, otro padre adoptante –la única familia española que queda por aquí, aunque ellos no han encontrado todavía a su hijo- dándome noticias: no hace falta traducir los penales, una complicación menos. Duchados, arreglados y sin desayunar nos vamos para el consulado; Leysa se equivoca y nos lleva a la Embajada en el taxi. Tenemos que caminar durante 15 minutos por el hielo de Kiev, arreglaíllos (para dar buena imagen ante el cónsul) y menos abrigados que de costumbre. Entramos por fin en el consulado de España, con ese aire de seguridad que te da el que te espera el jefe. No es esa puerta, por la de al lado. Joder que mañana llevamos. Para rematar, me escurro por el agua y el hielo que hacen de cada escalera un tobogán y bajo dando culadas un tramo de veinte peldaños que acaba con mi dignidad dolorida y Alberto llorando del susto. Se me acaban los aires de hola soy uña y carne con el cónsul para aterrizar en la cruda, dura y helada realidad.



Por fin llegamos al sitio bueno. Maru dice que la recepcionista es clavada a Elena, la traductora del Departamento. Leysa y ella se acercan a preguntar y, efectivamente, se parece: es su hermana. Damos recuerdos y besos de Alberto. Llega la asistente del cónsul, muy mona, muy ceñida, muy entaconada y muy consciente de su propia melena, guas, guas. Me pide los penales y que ya resuelve ella. Ah, pues vale. Desaparece con los penales y yo me quedo con la palabra en la boca. Quería hablar con el cónsul para comentarle algunas cosas y preguntarle por la solución para el resto de españoles, que es lo que más me preocupa. Al rato baja la asistente, seria y me dice que el cónsul quiere verme. Subo a verle a su despacho. El cónsul es joven –insultantemente joven, como le digo, algo más tarde, en plan adulador- y brillante. Nos entendemos bien, buscamos soluciones comunes y formas de ayudarnos. Tiene futuro.



Salimos de allí camino al apartamento, donde volvemos con ganas de desayunar o comer (son las 12:00) o dormir, o algo que sirva para reponer fuerzas y descansar a nuestros maltrechos cuerpos. Alberto se duerme en el taxi, está muerto y nosotros también, pero el problema está en vías de solución, muy probablemente el lunes estará todo hecho y podremos volver a Bielgorod a por nuestra princesa.



Esa misma tarde nos lanzamos nosotros solos a la búsqueda de comida para el celiaco. Buscamos en Internet y le decimos a Leysa que nos pida un taxi. El sitio está lejos, el taxista nos lleva a las afueras, de noche, en medio del tremendo atasco que se forma los viernes por la tarde en todo el mundo cristiano. Por fin llegamos a un barrio impersonal, en medio de ninguna parte, con el taxi derrapando por el hielo. Nos dice, señalando vagamente a los alrededores que es ahí. Ahí no hay nada parecido a una tienda. Salimos los tres bajo una intensa nevada a buscar la tienda de los dichosos productos sin gluten. No hay nada parecido; entramos a preguntar a un sitio que tiene un cartel oficial. Es una comisaría de policía. Nos dan explicaciones que no entendemos mientras nos vamos agobiando porque llegan las 5 de la tarde, hora en que cierran las tiendas.



Salimos de allí y le decimos al taxista que ahí no es. Nos montamos en el viejo Hyunday que, a duras penas y en medio de la atronadora música de su estridente radio, patina fatigosamente para sacarnos de allí. Insistimos al taxista y él pregunta a un policía de uniforme que se está tomando una cerveza a gollete en un kiosko de la calle, en medio de una nevada que paralizaría Madrid durante un par de días. Nos vuelve a dejar en medio de ninguna parte, una manzana más allá, ya noche cerrada. Maru se desespera. Me bajo del taxi y me pongo a recorrer al barrio corriendo, buscando la maldita tienda. Al poco rato veo una puerta con un cartel de la tienda que estamos buscando. ¡Por fín! Entro y es una especie de vetusta oficina llena de gente, pero en el fondo veo productos de las marcas que consume Alberto. Me vuelvo corriendo al taxi a por la familia y el taxista nos acerca a la tienda. Una vez dentro, nos juramentamos sin mirarnos, a lo Olivia de Havilland y nos decimos calladamente que a Dios ponemos por testigo de que nuestro hijo nunca más volverá a pasar hambre (esa misma mañana había acabado con la última de sus galletas que Maru le había ido dosificando) y arramplamos con media tienda, mientras la tendera hace volatines y piruetas, apuntando en su bloc mientras señalamos póngame de estoydeestoydeestotambién. Volvemos en el taxi exhaustos pero tranquilos: salga el sol por donde quiera, pero Alberto tiene su comida.



El día siguiente es de tiendas. Cristina necesita ropa y Maru necesita ir de compras para sacudirse la mugre de Bielgorod y la tensión de estos días, así que Alberto y yo hacemos de asistentes de compras sujetando bolsas, trayendo tallas, aconsejando sin decidir sobre tal modelo o cual color de una ropa que no es para nosotros, aunque al final del día también nos cae algo. A mitad del día hacemos un descanso y llevamos a Alberto a un parque, cercano al apartamento, donde llevamos a nuestro hijo a jugar por primera vez en Kiev.

Bajo el intenso frío de una mañana soleada pero gélida (-10 grados), Alberto disfruta, merecidamente, de un rato de diversión en los mismos columpios donde hace casi tres años, el mismo niño pero completamente distinto al actual es admirado con el mismo arrobo por sus padres, que se preguntan que han hecho para merecer un hijo así. Bueno, unos minutos antes, mientras Alberto se portaba como un diablo en un exorcismo en la vigésima tienda de ropa, se preguntaban lo mismo pero con distinto sentido. Maru se hace con ropa, calzado, coleteros, pasadores, y demás complementos imprescindibles para “españolizar” a Cristina. Todo tiene una uniformidad monocromática tan acusada que delata las ganas que tenía Maru de comprar ropa de hija propia: todo es rosa o mezclado con rosa.



Cuando por fin llegamos al apartamento por la tarde volvemos molidos pero felices. Tener dos habitaciones, cocina y comida saludable hacen maravillas en la convivencia. Poder dormir sin un perro que te despierte sobresaltado en mitad de la noche también. Parece mentira, pero nos sentimos cómodos en Kiev. Nos es familiar, sabemos donde encontrar las cosas, no se, comida para Alberto, chocolate y pizza para levantar el ánimo, tarjetas de teléfono, Internet, la comunicación es algo más fácil que en Bielgorod. Hasta nos encontramos con españoles –en este caso, un diplomático de la embajada y su familia, que también van a un italiano a comer algo reconocible- con los que hacemos buenas migas nada más vernos, esas cosas que sólo suceden cuando estás muy lejos de tu casa y ese que tienes enfrente, al que no has visto en tu vida, tiene más cosas en común contigo que el millón de personas que te rodea. Tanto, que hasta tenemos amigos comunes, aunque como dice Maru, eso me pasa más o menos con la mitad de España.



El domingo por la mañana vamos a Misa. Hemos encontrado por internet que hay una parroquia no lejos de nuestro apartamento donde una vez a la semana celebran en español. Pedimos un taxi y allí que vamos, pidiendo a Dios que la información sea cierta y que podamos encontrarnos con Él. Y así es. Nada más llegar y consultar los horarios en la puerta, una chica nos oye hablar en español y nos pregunta si vamos a Misa. Le respondemos que si y nos dirige a una especie de cripta, donde celebra un sacerdote argentino, Tomás, más majo que las pesetas, que se dedica a jugar un rato con Alberto antes de comenzar con la ceremonia. La gente llega y se saluda, todos nos saludan cariñosamente. Se ve que son una comunidad, aunque de lo más variopìnta. Nos vamos presentando a todos y hay de todo el mundo hispano: peruanos, dominicanos, guineanos, ¡hasta unas monjas de Madrid que viven en una casa donde hacen una extraordinaria labor con niños! Más buenas que el pan, son cariñosísimas con Alberto y le animan a que ayude a preparar los ornamentos, vasos y paños del altar con el sacristán, un moreno de Guinea con pinta de seminarista.

Me ofrecen leer la primera lectura y acepto de buen grado. El ambiente es de comunión, de confianza, de fe. La celebración es sencilla y nos tenemos que empeñar para que Alberto deje a los demás participar con tranquilidad, porque a estas alturas del viaje, con tanto ponte gorro, guantes, bufanda y abrigo, quítate gorro, guantes, bufanda y abrigo, estate quieto, no grites, no corras, móntate en un taxi, en un coche, en un tren duerme hoy aquí y mañana allá, vente de tiendas, camina por esta ciudad helada como si fueras mayor… Alberto está ya que le vida se le sale por los poros y la energía que le desborda es capaz de fundir una central nuclear.



Nos despedimos de todo el mundo y me prometo que, a la vuelta, voy a ver a las monjas y les regalo el ejemplar del libro de Pablo que nos acompaña, como un talismán (lo que él se reiría de esto, pero bueno), desde el inicio del viaje. Salimos a los -13 grados para que Alberto camine un poco, tome su comida de media mañana mientras hacemos planes para los próximos días, esperamos que el problema del certificado se resuelva mañana y si todo va bien, podamos regresar a Bielgorod el mismo día o el martes como muy tarde.



La verdad es que hemos llevado muy bien no ver a Cristina; sólo he visto a Maru un momento de bajón, unas lágrimas disimuladas para que Alberto no se preocupara, en un momento de cansancio. Nada más. El resto son recuerdos alegres, unas ganas tremendas –que me hacen segregar saliva, no digo más- de verla, apretujarla, mordisquearla y besuquearla, todo a la vez, y, sobre todo, el ansia por acabar con esto, llevarla a nuestra casa, darle una vida de normalidad, cariño, cuidados, comidas, estímulo, amor… Ya nos vemos con ella en casa, en el coche, sentada en su sillita, en la habitación de juegos, en la bañera, compartiendo todo y peleándose por todo con su hermano. Ya hacemos planes sobre como organizar la vida, los horarios, las comidas. Sabemos que, como Alberto, requerirá mucha rutina, tranquilidad, tiempo de estar los cuatro juntos para crear el vínculo que ahora no sólo es con nosotros sino también con su hermano.



En fin, ya nos vemos como una familia aunque ahora mismo ella esté a 600 km y duerma bajo un techo que no es el nuestro, cuidada por unas manos que no son las nuestras y alimentada por una comida que no es la que comemos nosotros. Nos vemos una familia de cuatro, como teníamos que ser, como queríamos ser. Hoy, en broma, le he comentado a Maru que dentro de poco veníamos a por el tercero. La respuesta no es apta para menores. Casi ni para mayores. Parece que con dos adopciones tenemos bastante para nuestra salud; creo que por eso piden tanto certificado médico, no para saber si vas a durarle mucho tiempo a tu hijo, sino para saber si nos vas a morir de un infarto en pleno proceso.



Damos gracias a Dios porque todo se vaya encarrilando y que poco a poco nos vayamos acercando a la casilla final de esta Oca Ucraniana donde, en medio de la partida y por un golpe de mala suerte te encuentras en la casilla de salida otra vez, en la “cárcel” pendiente de que Interpol te saque de ahí o sin jugar dos tiradas hasta que un compañero te saque del pozo.



Gracias por estar ahí, vuestros comentarios –algunos, por Dios, más que exagerados, como nos los creamos nos vamos a volver gilipollas- nos animan cada día y nos hacen sentirnos cuidados y queridos a tanta distancia. Gracias.



Besos y abrazos





Cacha







Ayer tuve una experiencia religiosa; decidimos ir a comprar el mini-ajuar de nuestra mini-hija y según entré en el Zara que hay en la avenida principal sentí una fuerza centrífuga que me catapultaba hacia la sección dominada por tonos rosas y fucsias de tal manera que me olvidé de que iba con mi marido y mi hijo, me olvidé del frío, del cambio euro-grivna y me volví loca buscando bufandas, bragas, leotardos, todo en los colores maaaaas cursis que os podáis imaginar …al final solo la compré unos vaqueros, prenda que no pude encontrar en su bonito pueblo; no contenta con eso, localicé el Benetton y allá que fuimos…en 5 minutos ya tenía enganchadas varias cosillas tamaño gnomo las cuales pagué gustosa…



A continuación, y como mi sed de prendas no se había calmado, entramos en lo que llamamos El Cutringlés; centro comercial surtido donde los haya (aunque la calidad, cantidad y belleza de sus productos sean dudosos) y entre Cacha, Albertito, que no dejaba de dar por saco (perdonadme la expresión pero es que está esquizofrénico) y yo, localizamos las cosillas que nos faltaban para Cristi, como la llama su hermano; acto seguido y ni corta ni perezosa la compré un variado surtido de kikis, gomitas y diademas que aun no se muy bien como ni donde la pondré.



Ah se me olvidaba otra cosa; entre las 3 semanas que llevamos aquí y los nervios, mi pelo estaba tan canoso y enraizado como la selva guatemalteca (las que pasais de los 40 me comprenderéis) así que declinando amablemente la invitación de nuestra traductora a ir a una peluquería local (donde te tiñen de rubia albina) y después de pasarme un cuarto de hora gesticulando como si estuviéramos jugando a las películas con la dependienta para entenderme con ella, me armé de valor y compré una caja de tinte de Garnier y esta mañana, con un par de narices y más miedo que siete viejas me he teñido las raíces yo solita y oye, que me ha quedado tan perfecto que casi me lo vuelvo a hacer otra vez, así que mi aspecto ha mejorado considerablemente, bueno eso y que también me compré algo de ropa de mi talla por que la que me traje era enorme para poder llevar la ropa interior térmica, cosa que no hace ninguna falta, así que estoy bastante contenta.



Ya solo necesito volver a abrazar a Cristina, verla reírse corriendo detrás de su hermano, vernos disfrutar los cuatro juntos para que mi felicidad sea casi completa (lo será cuando por fin estemos en nuestra casa).



Muchos besitos



Maru